7/16/2007

Desierto

En la TV, hace un par de días atrás se debatía sobre la necesidad de revisar las guías de educación sexual que el Ministerio de Educación -utilizando como modelo las difundidas con éxito en países africanos diezmados por el SIDA- pretende implementar en las escuelas del país. Lógico, África = Panamá.

Como siempre ocurre, alguno de la mesa trajo a colación la difunta junta de censura, a modo de llamar la atención de como los medios superan día a día su cuota de difusión de la ignorancia y fácil titilación. Por supuesto, el conductor el programa cambió el rumbo, no sea que sus jefes le dieran un tirón de oreja por revelar que el emperador esta desnudo (pero no promoviendo algún producto y por tanto, justificando su desnudez).

Minutos después cambié de canal, solo para encontrarme con el avance de una telenovela, "Mujeres Asesinas", donde se muestra claramente una de las susodichas mutilando el miembro viril de algún abusador. Gritos desgarradores y sangre salpicando como una fuente a la emancipada heroína. Todo esto antes del almuerzo.

Agradecí que no hubiera niños en la habitación; ¿cómo minimizar el perjuicio de tales imágenes a un chiquillo? ¿Cómo se fortalece la mente del menor para que pueda procesar tal información? ¿Cuanto temple y tacto se requiere para hablar sobre algo así? Pero luego pensé, ¿y quién me protege a mí?

El ser adultos no nos hace inmunes a las influencias externas, desde pequeños se nos enseña a conocer nuestro entorno y familiarizarnos con sus signos y geografía; el aprender nos permite no solo navegarlo sino dominarlo, tales habilidades nos ayudan no solo sobrevivir sino hasta destacarnos social y hasta económicamente.

Sin embargo, el reconocimiento y asimilación de la violencia y su degradación de la condición humana no nos hace más o mejores adultos, por lo contrario, nos quita humanidad, porque asumimos las características del medio para poder situarnos como hábiles habitantes de esa realidad.

La valorización de dichas conductas y su persistencia como material de interés -que se supone global- condiciona al Hombre al dolor y el miedo, dilapidando las defensas de su Alma.

Detengámonos un segundo y hagamos desierto en nuestro espacio personal, para inventariar nuestro ser y preguntarnos que tan importante es para nosotros nuestra propia paz mental y espiritual.
Quisiera pensar que aún hoy, tales imágenes puedan herir alguna susceptibilidad en muchos sino todos, y que mejor, el consenso silente sea la censura. Por nuestro bien.

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