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9/04/2007

Minimización del riesgo incalculable en la inversión no inmobiliaria

Debido a su pálida consistencia y predecibles resultados encuentro los concursos de belleza algo aburridos, en consecuencia DIRECTA a mi inconformidad, los organizadores locales del Miss Mundo han decidido seleccionar a las concursantes del 2007 de entre las "niñas" de la agencia de modelaje Panamá Talents, quien se ha arrogado de un solo golpe tanto la franquicia del concurso como el gusto colectivo de los panameños.

Según los dueños de casa y los missólogos (no confundir, si quiere, con misólogo, aquel que odia el conocimiento y la lógica), las concursantes de hoy tienen que tener la figura de una modelo (léase flaca, pocas curvas, mirada vacía y/o desdeñosa de su entorno) para tener alguna oportunidad de triunfo, no como antes (ayer), cuando la ganadora era el resultado de una confluencia de factores políticos, económicos, turísticos y la voluntad irreducible del CEO de la compañía.

Si lo pensamos bien, esta estrategia es por completo razonable, los inversionistas demandan un retorno garantizado de su inversión y es imposible arriesgar el negocio por algo tan voluble como el gusto de millones de televidentes que aunque privados del elemento sorpresa, amanecerán y verán (yo no) lo mismo el año próximo.

7/16/2007

Desierto

En la TV, hace un par de días atrás se debatía sobre la necesidad de revisar las guías de educación sexual que el Ministerio de Educación -utilizando como modelo las difundidas con éxito en países africanos diezmados por el SIDA- pretende implementar en las escuelas del país. Lógico, África = Panamá.

Como siempre ocurre, alguno de la mesa trajo a colación la difunta junta de censura, a modo de llamar la atención de como los medios superan día a día su cuota de difusión de la ignorancia y fácil titilación. Por supuesto, el conductor el programa cambió el rumbo, no sea que sus jefes le dieran un tirón de oreja por revelar que el emperador esta desnudo (pero no promoviendo algún producto y por tanto, justificando su desnudez).

Minutos después cambié de canal, solo para encontrarme con el avance de una telenovela, "Mujeres Asesinas", donde se muestra claramente una de las susodichas mutilando el miembro viril de algún abusador. Gritos desgarradores y sangre salpicando como una fuente a la emancipada heroína. Todo esto antes del almuerzo.

Agradecí que no hubiera niños en la habitación; ¿cómo minimizar el perjuicio de tales imágenes a un chiquillo? ¿Cómo se fortalece la mente del menor para que pueda procesar tal información? ¿Cuanto temple y tacto se requiere para hablar sobre algo así? Pero luego pensé, ¿y quién me protege a mí?

El ser adultos no nos hace inmunes a las influencias externas, desde pequeños se nos enseña a conocer nuestro entorno y familiarizarnos con sus signos y geografía; el aprender nos permite no solo navegarlo sino dominarlo, tales habilidades nos ayudan no solo sobrevivir sino hasta destacarnos social y hasta económicamente.

Sin embargo, el reconocimiento y asimilación de la violencia y su degradación de la condición humana no nos hace más o mejores adultos, por lo contrario, nos quita humanidad, porque asumimos las características del medio para poder situarnos como hábiles habitantes de esa realidad.

La valorización de dichas conductas y su persistencia como material de interés -que se supone global- condiciona al Hombre al dolor y el miedo, dilapidando las defensas de su Alma.

Detengámonos un segundo y hagamos desierto en nuestro espacio personal, para inventariar nuestro ser y preguntarnos que tan importante es para nosotros nuestra propia paz mental y espiritual.
Quisiera pensar que aún hoy, tales imágenes puedan herir alguna susceptibilidad en muchos sino todos, y que mejor, el consenso silente sea la censura. Por nuestro bien.

7/05/2007

Satisfacción

Cuando me senté a escribir esta nota, mi idea era seguir comentando sobre como la destrucción de las casas y áreas históricas de la ciudad es el producto de una ignorancia deliberada de los conceptos más básicos del ordenamiento urbano; permitida por un gobierno cegado por el dinero de los impuestos de construcción y la mala excusa de la generación de empleo. Sin embargo el planteamiento, aunque válido porque no requiere más justificación mezquina que el dinero, no explica porqué la gran mayoría de la población acepta que su espacio público e historia sea arrastrado por una visión torcida del progreso que desde su concepción ya se perfilaba como inviable.

Y es que dilucidar las motivaciones de los poderes no requiere mucho razonamiento; una vez se afianzan solo existen para asegurar su continuidad, la serpiente muerde su cola.

La persistencia de la actitud poco importa es lo que realmente debilita y corrompe los esfuerzos de conservación y las demandas por una planeamiento lógico a largo plazo; la aceptación de cualquier solución a corto plazo es ya parte de la identidad nacional. No hay sentido de la historia y aunque una de las frases más populares que se escuche de una nacional sea “El que no conoce la historia esta condenado a repetirla”, no se enfatiza con tono de advertencia sino con aires de resignación. Vive el momento”, es la consigna.

Entiendo hasta cierto nivel esta situación dado que también conozco la historia y veo como la falta de carácter y autoridad de los gobiernos de turno permiten que se perpetúe la infamia porque les conviene. Lo que no puedo aceptar es que exista tanto descontento y que ni las más sonadas tragedias recientes, dígase el envenenamiento masivo en la CSS o el bus incendiado, han logrado despertarnos de nuestro letargo colectivo. Creo que la causa es cultural, producto del paternalismo colonial y de los tiempos de la dictadura. El ciudadano estaba supuesto a aceptar las condiciones de la corona o el dictador porque no podía oponerse y algo de las migajas que caían de la mesa le podría tocar a él. Una mirada fugaz, un codeo virtual con la fama y el poder.

Esta es mi suposición; no soy sociólogo, pero si uno escudriña un poco en la mente del panameño, encuentra que esa sumisión es en parte heredada y por otra, acomodaticia, una característica del hombre actual, que prefiere que otros piensen por él, siempre y cuando pueda quejarse a medias.

Toda sabiduría verdadera conlleva algo de dolor, pero no tenemos tiempo de sufrir –ni de pensar-, solo para la dispersión y el festejo vacío. Esto es todo lo que necesitamos. Estamos satisfechos.