Mostrando las entradas con la etiqueta pensamiento critico. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta pensamiento critico. Mostrar todas las entradas

9/04/2007

Minimización del riesgo incalculable en la inversión no inmobiliaria

Debido a su pálida consistencia y predecibles resultados encuentro los concursos de belleza algo aburridos, en consecuencia DIRECTA a mi inconformidad, los organizadores locales del Miss Mundo han decidido seleccionar a las concursantes del 2007 de entre las "niñas" de la agencia de modelaje Panamá Talents, quien se ha arrogado de un solo golpe tanto la franquicia del concurso como el gusto colectivo de los panameños.

Según los dueños de casa y los missólogos (no confundir, si quiere, con misólogo, aquel que odia el conocimiento y la lógica), las concursantes de hoy tienen que tener la figura de una modelo (léase flaca, pocas curvas, mirada vacía y/o desdeñosa de su entorno) para tener alguna oportunidad de triunfo, no como antes (ayer), cuando la ganadora era el resultado de una confluencia de factores políticos, económicos, turísticos y la voluntad irreducible del CEO de la compañía.

Si lo pensamos bien, esta estrategia es por completo razonable, los inversionistas demandan un retorno garantizado de su inversión y es imposible arriesgar el negocio por algo tan voluble como el gusto de millones de televidentes que aunque privados del elemento sorpresa, amanecerán y verán (yo no) lo mismo el año próximo.

7/05/2007

Satisfacción

Cuando me senté a escribir esta nota, mi idea era seguir comentando sobre como la destrucción de las casas y áreas históricas de la ciudad es el producto de una ignorancia deliberada de los conceptos más básicos del ordenamiento urbano; permitida por un gobierno cegado por el dinero de los impuestos de construcción y la mala excusa de la generación de empleo. Sin embargo el planteamiento, aunque válido porque no requiere más justificación mezquina que el dinero, no explica porqué la gran mayoría de la población acepta que su espacio público e historia sea arrastrado por una visión torcida del progreso que desde su concepción ya se perfilaba como inviable.

Y es que dilucidar las motivaciones de los poderes no requiere mucho razonamiento; una vez se afianzan solo existen para asegurar su continuidad, la serpiente muerde su cola.

La persistencia de la actitud poco importa es lo que realmente debilita y corrompe los esfuerzos de conservación y las demandas por una planeamiento lógico a largo plazo; la aceptación de cualquier solución a corto plazo es ya parte de la identidad nacional. No hay sentido de la historia y aunque una de las frases más populares que se escuche de una nacional sea “El que no conoce la historia esta condenado a repetirla”, no se enfatiza con tono de advertencia sino con aires de resignación. Vive el momento”, es la consigna.

Entiendo hasta cierto nivel esta situación dado que también conozco la historia y veo como la falta de carácter y autoridad de los gobiernos de turno permiten que se perpetúe la infamia porque les conviene. Lo que no puedo aceptar es que exista tanto descontento y que ni las más sonadas tragedias recientes, dígase el envenenamiento masivo en la CSS o el bus incendiado, han logrado despertarnos de nuestro letargo colectivo. Creo que la causa es cultural, producto del paternalismo colonial y de los tiempos de la dictadura. El ciudadano estaba supuesto a aceptar las condiciones de la corona o el dictador porque no podía oponerse y algo de las migajas que caían de la mesa le podría tocar a él. Una mirada fugaz, un codeo virtual con la fama y el poder.

Esta es mi suposición; no soy sociólogo, pero si uno escudriña un poco en la mente del panameño, encuentra que esa sumisión es en parte heredada y por otra, acomodaticia, una característica del hombre actual, que prefiere que otros piensen por él, siempre y cuando pueda quejarse a medias.

Toda sabiduría verdadera conlleva algo de dolor, pero no tenemos tiempo de sufrir –ni de pensar-, solo para la dispersión y el festejo vacío. Esto es todo lo que necesitamos. Estamos satisfechos.

6/26/2007

Rompiendo el ciclo de la ignorancia

Una de las ironías más recalcitrantes de la Era de la Información es su baja calidad o peor, su ausencia; Por un lado, los medios masivos se concentran en la crónica roja para rellenar un supuesto espacio noticioso en vez de enfocarse en los eventos de importancia, los logros y desaciertos de los gobiernos, los poderes privados o grupos civiles, no hay análisis, el tiempo de televisión o radio, al igual que el 75% de los periódicos, pertenece a los anunciantes. El morbo es la goma que pega un comercial de golosinas con la nueva y siempre mejorada crema dental. Inclusive, cuando presentan debates, se esconden tras la cortina de la objetividad para no involucrarse más allá, no comprometerse con una verdad que sabemos podría resultar incómoda para los poderes establecidos.

Por el otro, la Internet, la que se suponía era la más democrática de las formas de comunicación dada su difusión y masiva participación se ha convertido en una cueva en cuyo eco solo resalta la última e insulsa travesura de la Hilton. ¿De que sirven un billón de páginas nuevas todos los días si al final solo hemos acumulado más basura?

Pero seamos honestos, los medios necesitan de los anunciantes, la apelación a nuestra ignorancia y bajos instintos ha sido su tónica desde que Orson Welles radió la Guerra de los Mundos a un público que no solo se tragó el engaño sino que aún continua confiando sus juicios a una industria que se debe a sus anunciantes –intereses comerciales-, el gobierno –que controla su permiso de difusión- y a todos los mecanismos psicológicos y estadísticos posibles para mantenernos a su merced, sin ofrecer espacios reales de reflexión o catarsis tras el bombardeo incesante de violencia y consumismo.

Pero todo tiene solución. Algunos proponen apagar la tele, otros, boicotear los productos ofrecidos; sin embargo, hay una propuesta más difícil, porque es intelectualmente más trabajosa y de cumplimiento obligatorio –si acepta el reto-, y es no evitar el problema, sino enfrentarlo con todo lo que la naturaleza le dio para conquistar el mundo y colocarse como su amo y señor: su cerebro.

Usted tiene derecho a ejercer su individualidad y capacidad de razonamiento. El craso comercialismo del mensaje requiere de su complicidad para subsistir, por tanto, evalúe y critique los contenidos, determine si lo que se le ofrece, sea idea u objeto, tiene que ver con usted o no. ¿Le ofrece la oportunidad de disfrutar de una felicidad real y honesta? ¿Contribuye a su crecimiento personal? De no ser así, si lo que ve o escucha va en contra de su cultura –una que usted y yo necesitamos cultivar minuto a minuto, libro a libro, idea a idea- deséchelo, no permita que consuma su atención y tiempo; siga adelante siempre dudando de todo, pero a la vez nunca perdiendo de vista la búsqueda de la Verdad. Y esa, lo hará libre. Fiat Lux!