6/26/2007

Rompiendo el ciclo de la ignorancia

Una de las ironías más recalcitrantes de la Era de la Información es su baja calidad o peor, su ausencia; Por un lado, los medios masivos se concentran en la crónica roja para rellenar un supuesto espacio noticioso en vez de enfocarse en los eventos de importancia, los logros y desaciertos de los gobiernos, los poderes privados o grupos civiles, no hay análisis, el tiempo de televisión o radio, al igual que el 75% de los periódicos, pertenece a los anunciantes. El morbo es la goma que pega un comercial de golosinas con la nueva y siempre mejorada crema dental. Inclusive, cuando presentan debates, se esconden tras la cortina de la objetividad para no involucrarse más allá, no comprometerse con una verdad que sabemos podría resultar incómoda para los poderes establecidos.

Por el otro, la Internet, la que se suponía era la más democrática de las formas de comunicación dada su difusión y masiva participación se ha convertido en una cueva en cuyo eco solo resalta la última e insulsa travesura de la Hilton. ¿De que sirven un billón de páginas nuevas todos los días si al final solo hemos acumulado más basura?

Pero seamos honestos, los medios necesitan de los anunciantes, la apelación a nuestra ignorancia y bajos instintos ha sido su tónica desde que Orson Welles radió la Guerra de los Mundos a un público que no solo se tragó el engaño sino que aún continua confiando sus juicios a una industria que se debe a sus anunciantes –intereses comerciales-, el gobierno –que controla su permiso de difusión- y a todos los mecanismos psicológicos y estadísticos posibles para mantenernos a su merced, sin ofrecer espacios reales de reflexión o catarsis tras el bombardeo incesante de violencia y consumismo.

Pero todo tiene solución. Algunos proponen apagar la tele, otros, boicotear los productos ofrecidos; sin embargo, hay una propuesta más difícil, porque es intelectualmente más trabajosa y de cumplimiento obligatorio –si acepta el reto-, y es no evitar el problema, sino enfrentarlo con todo lo que la naturaleza le dio para conquistar el mundo y colocarse como su amo y señor: su cerebro.

Usted tiene derecho a ejercer su individualidad y capacidad de razonamiento. El craso comercialismo del mensaje requiere de su complicidad para subsistir, por tanto, evalúe y critique los contenidos, determine si lo que se le ofrece, sea idea u objeto, tiene que ver con usted o no. ¿Le ofrece la oportunidad de disfrutar de una felicidad real y honesta? ¿Contribuye a su crecimiento personal? De no ser así, si lo que ve o escucha va en contra de su cultura –una que usted y yo necesitamos cultivar minuto a minuto, libro a libro, idea a idea- deséchelo, no permita que consuma su atención y tiempo; siga adelante siempre dudando de todo, pero a la vez nunca perdiendo de vista la búsqueda de la Verdad. Y esa, lo hará libre. Fiat Lux!

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